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Los Fuegos Fatuos

El lugar donde las voces danzan y se enredan para llevarte a destinos sin retorno.

Primavera Invicta

Tengo el cuerpo sembrado

de heridas en forma de amapola

que también son delgadas

y se mueren

con los vendavales.

 

Tengo en la piel un campo

de flores color de sangre

que se mece y se inclina

cuando le llega tu voz

y se quema con el tiempo que restas

y se mancha de pólvora.

 

Tengo el cuerpo sembrado

de heridas en forma de amapola

que huelen a los orgasmos

que te has dejado sobre mí

y que levantan las raíces

en busca de tu sol

y se preguntan siempre,

por qué las riegas si les dueles.

Seguir leyendo “Primavera Invicta”

No me salves

No puedo escribir
porque tus ojos no dejan de gritarme versos.
Porque se me derrama el verde
desde tus pestañas, en todas direcciones:
en las sábanas y entre los pechos,
por el pelo y hasta los dedos.

No puedo sino lamer
tu piel que sabe a tierra y a sangre;
que me llena, con su peso, la boca de raíces
y me hunde en la evidencia más temprana. Seguir leyendo “No me salves”

Lo sé

Que yo lo sé,
que escojo amores que son precipicios.
Que me gusta perder
si la partida no se ha terminado.
Que me gritan tus ojos
y cruzo el mar.

Lo sé,
que me trazo caminos
sobre baldosas amarillas
pero me pierdo entre los vapores
de las amapolas.
Que mi imaginación no tiene
ancho ni largo.
Es abismo, sola y completa. Seguir leyendo “Lo sé”

Ven, si quieres

Ven.

Si quieres, ven.

Te dejo mirar

cómo me hago trenzas

en los nudos de la garganta.

Cómo siembro flores salvajes

en cada vacío

-bañado de viento-

dónde arrincono mis orígenes.

 

Ven y escucha

el chasquido

cuando me desarmo

sobre tu boca.

El murmullo

de hacerme río

y derramarme

en tus caderas.

Seguir leyendo “Ven, si quieres”

Breaking it down

 

“it is your blood

in my veins

tell me how i´m

supposed to forget”

(Rupi Kaur)

Noviembre

Llevaba noviembre metido entre las cejas. Era todo un ritual. Cada año cerraba los ojos y se dejaba arrastrar por el viento, cargado de hojas, hasta diciembre. Le gustaba el sol de invierno, cuando el día era todo azul y el frío se colaba por sus tobillos. Era un brillo que lo limpiaba y lo dejaba oliendo a pasado y a sitios que ya no eran.

Acababa de aterrizar el mes y el aire le trajo las huellas de una calle en Irlanda que llevaba su nombre. Tenía el eco de todos los días de lluvia, cuando la lluvia significaba algo. Sentía que echaba de menos todas las cosas que nunca había hecho. Por eso dedicaba el mes a perderse, a buscar rumbos inciertos.

Le regaló un beso en la mejilla porque estaba seguro de que ella sabía lo que significaba. La chica se quedó en la cocina untando la mantequilla en su tostada y él salió de la casa que compartían con una mochila en la espalda y los pies inquietos.  Imaginó que ella pensaba que era justo. ¿Lo era? La noche anterior le había hecho el amor hasta que desplazó la cama cuatro palmos. Llevaban ocho años juntos, ella conocía lo que noviembre significaba. Él le había explicado que nunca perteneció allí, lo arrastraron siendo un niño. Lo arrancaron como una mala hierba y lo trasplantaron en una tierra extraña. Seguir leyendo “Noviembre”

Caminos de vuelta

La poesía sirve de medicina para la vida.

 

Trampas (Traps)

La poesía no es sino sangrar, dejarse ir para ver dónde está la herida.

Poetry is but to bleed, let yourself go so as to see where is the hurt.

Luvia

Llevaba el pelo esponjoso y la respiración acelerada. El aire estaba empapado de bostezos y alientos, casi no le quedaba espacio para respirar. El metro se encontraba detenido y la marabunta no acertaba a apartarse de la entrada para que la puerta pudiera cerrarse. Se apretó a su libro para atarse a las palabras, y no ceder a la ansiedad de la falta de espacio y el malestar que traspasaba los cuerpos de los trabajadores, que a esa hora ya se encontraban más enfadados que despiertos. La lluvia matutina los había encontrado a todos desprevenidos. La tormenta irrumpió a coro con la alarma del despertador y se desató el espectáculo de luz y redobles de danzas primitivas.

Lidia llevaba mucho tiempo activa para entonces. El reloj marcaba la 6:45 cuando dejó la cama, pero había visto pasar varios números y cambiarse por otros en la pantalla del teléfono, con los ojos a medio abrir para que no la cegara el brillo en la oscuridad de su dormitorio.

Durante el desayuno se instaló en ella la certeza de que cuanto más mayor se hacía, menos dormía. La noche se volvía pedregosa y los sueños menos profundos y más premonitorios. La envolvían en una red de araña, fina como para ver el otro lado y saberse al borde del desvelo, pero tan pegajosa que no la dejaban marcharse. Las complicaciones de cada día se dedicaban a comérsela, cual insecto, de madrugada. Hasta la más nimia de sus inquietudes se regocijaba en esa bacanal del terror, donde había bocados de su carne para todos. Seguir leyendo “Luvia”

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